La vida no es un proyecto (y no, no quiero monetizarla)

Cuando la vida empezó a parecerse a una empresa

Hay un momento, no sabría decir exactamente cuándo, en que dejamos de tener vida y empezamos a tener proyectos.
Ahora todo el mundo tiene proyectos. Proyectos personales, proyectos profesionales, proyectos creativos, proyectos vitales. Nadie trabaja, nadie estudia, nadie simplemente vive: se desarrollan proyectos. Y si no tienes ninguno, parece que estás haciendo algo mal.

El cambio no es solo lingüístico. Las palabras nunca cambian solas. Cuando cambia el vocabulario, suele ser porque ha cambiado el mundo que intenta describir.

Durante décadas, en Europa occidental se vivió bajo un pacto más o menos implícito: el trabajo podía ser duro, aburrido o mediocre, pero ofrecía cierta estabilidad. No era necesario reinventarse cada tres años ni convertir cada afición en una oportunidad. Existía algo parecido a una normalidad. Se trabajaba, se cobraba, se tenía tiempo libre, se envejecía, se esperaba una pensión. No era el paraíso, pero tampoco hacía falta llamarlo proyecto para soportarlo.

A ese equilibrio imperfecto se le llamó, con todas sus contradicciones, Estado del bienestar. Y su expresión política más reconocible fue la socialdemocracia europea: una mezcla de mercado, derechos sociales y la idea —cada vez más olvidada— de que la vida no podía depender exclusivamente de la capacidad individual de competir.

De ciudadanos a autoempresas

Ese mundo no desapareció de golpe. Se fue erosionando.
Primero con la globalización, después con la precarización, más tarde con la financiarización de la economía, y finalmente con la interiorización de una idea mucho más exigente: cada persona es responsable de sí misma, de su éxito, de su fracaso y, si es posible, también de su marca.

Ahí empieza el reinado de los proyectos.

El proyecto es la palabra perfecta para una época sin estabilidad.
Un proyecto no promete nada duradero. Empieza, cambia, se redefine, se cancela, se sustituye por otro. Igual que los contratos, igual que las carreras profesionales, igual que las identidades. Decir que tienes un proyecto suena mejor que admitir que estás intentando sobrevivir en un sistema donde nadie te garantiza nada.

Lo mismo ocurre con esa otra expresión omnipresente: generar valor.
En el mundo empresarial tiene un sentido bastante claro: producir algo útil, rentable, medible. El problema es cuando esa lógica sale de la empresa y se convierte en el idioma de la vida. Entonces parece que una persona no vale por lo que es, sino por lo que produce, por lo que aporta, por lo que genera. Como si la existencia necesitara justificarse con un informe de resultados.

Monetizarlo todo, incluso el tiempo libre

La siguiente palabra en la cadena es monetizar.
Todo debe poder monetizarse: un hobby, una opinión, una experiencia, una habilidad, incluso el tiempo libre. Si haces algo y no genera dinero, parece que estás perdiendo una oportunidad.

No es difícil entender por qué este discurso se ha extendido.
Cuando los salarios son más inseguros, cuando el futuro es más incierto y cuando el coste de la vida no deja de subir, la tentación de sacar rendimiento de cualquier cosa es grande. Lo inquietante no es que algunos lo hagan, sino que se haya convertido casi en una obligación moral.

La pregunta ya no es qué te gusta hacer, sino qué puedes hacer con eso.
No si te interesa, sino si es rentable.
No si te hace bien, sino si aporta valor.

Y así, poco a poco, la vida se parece cada vez más a un plan de negocio.

El lenguaje del coaching y la culpa individual

En paralelo ha prosperado toda una industria dedicada a convencernos de que el problema no es estructural, sino personal.
Coaches, expertos en mentalidad, gurús del desarrollo, manuales de autooptimización. El mensaje es siempre parecido: gestiona tu vida, rodéate de gente que sume, elimina lo que no aporta, crea tu propio camino, reinvéntate.

En pequeñas dosis puede ser útil.
En exceso, se convierte en una forma bastante eficaz de trasladar la responsabilidad desde la sociedad hacia el individuo.

Si no te va bien, no es que el mercado laboral sea inestable: es que no te has sabido reinventar.
Si estás agotado, no es que las condiciones sean malas: es que no gestionas bien tu tiempo.
Si te quedas atrás, no es que el sistema deje gente fuera: es que no tienes un proyecto.

La vida se interpreta como una empresa mal gestionada, y uno mismo pasa a ser su propio departamento de recursos humanos.

La socialdemocracia y el derecho a no tener que reinventarse

Durante mucho tiempo, la socialdemocracia europea defendió algo bastante sencillo:
que una persona pudiera vivir con dignidad sin tener que convertirse en un producto.

No significaba que todo estuviera garantizado, pero sí que existía una red.
Sanidad pública, educación pública, derechos laborales, pensiones, negociación colectiva. No era solo política económica, era una forma de entender la sociedad: no todo depende de la fuerza individual.

Ese marco no ha desaparecido, pero se ha debilitado.
Y en ese vacío ha crecido la idea de que cada uno debe arreglárselas solo, aunque se diga con palabras más elegantes: flexibilidad, adaptación, resiliencia, proyectos.

Hay quien puede permitirse vivir así.
Y hay quien no.

Convertir todo en iniciativa personal no elimina las desigualdades, solo las disimula.

Modernidad líquida, vidas provisionales

Vivimos en una época donde casi nada parece definitivo.
Los trabajos cambian, las ciudades cambian, las relaciones cambian, las expectativas cambian. La estabilidad se ha vuelto sospechosa, y la permanencia casi un lujo.

En ese contexto, el lenguaje también se vuelve líquido.
Ya no somos algo, estamos en algo.
No tenemos una vida, tenemos procesos.
No vivimos, gestionamos.

La palabra proyecto encaja perfectamente en este mundo, porque no promete continuidad, solo movimiento. Y moverse, hoy, parece ser más importante que llegar a algún sitio.

La vida no es un PowerPoint

Quizá el problema no es que existan proyectos, ni que alguien quiera monetizar lo que hace, ni que haya quien necesite reinventarse.
El problema es que ese lenguaje se ha convertido en el único posible.

Como si no hubiera derecho a una vida normal.
Como si todo tuviera que optimizarse.
Como si descansar fuera sospechoso.
Como si no producir fuera un fallo.

La socialdemocracia prometía algo imperfecto pero valioso:
que una persona pudiera vivir sin tener que convertirse en su propio producto.

Hoy, en cambio, el ideal parece otro:
ser tu propio jefe, tu propio coach, tu propia marca, tu propio proyecto.

Quizá no tenemos demasiados proyectos.
Quizá lo que nos falta es una sociedad donde no haga falta tenerlos para poder vivir con dignidad.

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